viernes, 11 de septiembre de 2009


110 años de Borges. Un idioma de los argentinos

Rarísima foto de un Borges viejo tocado por fans (Wikipedia). Más abajo, la imagen del banner en la vereda de la Biblioteca Sarmiento.


Al final nos convencieron y escribimos algo. Hace 110 años, el 24 de agosto de 1899 para ser más exactos, nacía, bajo el signo de Virgo, Jorge Luis Borges. Es cierto que por un día hubiera sido un Leo, pero los entendidos coinciden que tiene todas las características de un Virgo. Dicen que los que llevan ese signo no conciben nada fuera del trabajo, y en este caso es cierto en un sentido: Borges no concebía nada fuera de la literatura.

Sería ridículo intentar abarcar a semejante escritor con una entrada de blog, pero entre tanto devenimos un aporte de lectura. Una manera de acercarnos, admirarlo y olvidarlo, por qué no?

De modo que nuestra idea es la que sigue. La vida del Borges escritor –por tanto vital según los astros- puede dividirse en dos (igual repetimos: atención con esta manía totalizante para con los grandes autores. Uno de sus tantos biógrafos propuso que no eran dos los Borges, sino tres: uno escribía, el otro esperaba escribir y no vivía, y el tercero de opinión infundada que se divertía mofándose de todo). La primera parte constaría de los siguientes libros:

-Fervor de Buenos Aires (1923), Poesía.
-Luna de enfrente (1925), Poesía.
-Inquisiciones (1925), Ensayo.
-El tamaño de mi esperanza (1926), Ensayo –que el autor no quiso volver a editar-.
-El idioma de los argentinos (1928), Ensayo –también excluido de sus obras completas-.
-Cuaderno de San Martín (1929), Poesía.
-Evaristo Carriego (1930), Ensayo.

Hasta ahí. Y una zona neutra compuesta de los libros antes del accidente que tiene en 1938, año en que comienza a escribir cuentos fantásticos y el segundo Borges que proponemos.

Los libros de poesía de nuestra lista reportan influencias que el autor paulatinamente abandona: el ultraísmo –búsqueda de nuevas metáforas-, el verso libre y lo que llamaríamos una “estética de responsabilidad nacional” bajo el influjo de la magna figura de Lugones. De cualquier modo es cierto que los temas tradicionalmente borgeanos ya se instalan en estos libros, y que el autor vuelve a publicarlos, con grandes modificaciones en muchos casos. Por otro lado, y lo que ahora interesa, en estas primeras obras tenemos a uno de los pocos Borges físicos a encontrar: un Borges joven que camina las calles de Buenos Aires, donde descubre patios, aljibes, atardeceres, un tiempo real, su propio rostro. Se trata, en definitiva, de alguien todavía buscándose, y esa riqueza -contradictoria, igualmente borgeana- ya es desbordante, genial.

Su segunda etapa, la poética decimos, comienza años después con "El hacedor", en 1960. Con respecto a los ensayos marcábamos que a excepción de "Evaristo Carriego" el autor no quiere volver a editarlos. ¿De qué hablan estos ensayos defenestrados luego por Borges? Sería largo como una monografía, y para colmo debería ser aprobada por sus amigos e importantes intelectuales académicos, los únicos habilitados para hablar de Borges al parecer. Entonces preferimos que hablen los textos mismos; la selección y los pequeños apuntes son nuestros, claro está.

Al ensayo "El tamaño de mi esperanza" lamentablemente no lo tenemos (es por la famosa frase de Kierkegaard ¿no, Borges?: “Cada uno de los grandes hombres, fue en la medida en que era grande el tamaño de su esperanza. Unos fueron grandes porque esperaron cosas posibles, otros lo fueron porque esperaron las eternas, pero el más grande de todos fue el que esperó que se cumpliera lo imposible.” No podemos asegurarlo). Éste es el libro de su más encendido nacionalismo, y por eso la preocupación por enterrarlo en el fondo de los días. Robamos una cita del mismo sobre Sarmiento:

"Norteamericanizado indio bravo, gran odiador y desentendedor de lo criollo".

“Criollo”, una palabra que aparece mucho en sus primeros ensayos. Y sobre Sarmiento, alcanza leer el prólogo al Facundo de la década del 70, para ver el cambio de opinión de Borges al respecto.

Al ensayo "El idioma de los argentinos" (M. Gleizer editor, primera edición, 1928) sí lo tenemos, y no es poca cosa. Basaremos nuestra esperanza y lectura aquí. Empecemos por el prólogo del libro, a todas luces macedoniano:

“Ningún libro menos necesitado de prólogo que este de formación haragana, hecho sedimentariamente de prólogos, vale decir, de inauguraciones y principios. Si mi pluma está asistida de claridad, lo estará también en las páginas subsiguientes; si la oscuridad la mueve, no será más iluminativa su operación por el hecho de apellidarse prólogo lo que redacta. El prólogo quiere ser el tránsito de silencio a voz, su intermediación, su crepúsculo; pero es tan verbal, y tan entregado a las deficiencias de lo verbal, como lo precedido por él.”

Es la concepción del “lector salteado” y de la “novela que comienza” inaugurada para siempre por Macedonio Fernández. Habíamos hablado del otro discípulo ilustre de Macedonio, Scalabrini Ortiz, y es en estos primeros libros de Borges donde podemos rastrear el grado de parentesco entre los dos; parentesco que con el correr de los años se haría difícil sino imposible.

Y ahora vamos a dirigirnos al centro de la lectura de "El idioma de los argentinos", donde buscamos la suspensión de todo juicio. Elegimos temas.


Sobre el Truco:

“La trucada se arma; los jugadores, acriollados de golpe, se aligeran del yo habitual. Un yo distinto, un yo casi antepasado y vernáculo, enreda los proyectos del juego. El idioma es otro de golpe. Prohibiciones tiránicas, posibilidades e imposibilidades astutas, gravitan sobre todo decir.”

“El truco es memorioso como una fecha. Milongas de fogón y de pulpería, jaranas de velorio, bravatas del roquismo y tejedorismo, zafadurías de las casas de Junín y de su madrastra del Temple, son del comercio humano por él. El truco es buen cantor, máxime cuando gana o finge ganar: canta en la punta de las calles de nochecita, desde los bodegones con luz.”
(p.30)


Sobre Almafuerte (Evaristo Carriego y Almafuerte, dos de los poetas de Borges en su juventud):

“¿Por qué negarle a un criollo, maestro de escuela, la facultad de pensar algunas cosas que un profesor griego, alemán, pensó antes que él?”

“También Almafuerte, desde su conventillo y su pampa, quiere ser auditor directo de Dios.

La necesidad de ser bueno y la estrafalaria inutilidad de la ética fueron las convicciones permanentes de su sentir, las dos confianzas que sobrevivieron a los vagabundeos de su discurso. Fue un gran odiador de filántropos, de teólogos, de moralistas; no toleró siquiera el perdón (…). Quiso literalmente con-padecer: sufrir con los otros. Se hizo predicador energuménico de la bondad y fueron rajantes como injuria sus bendiciones. Su cruz fue de empuñadura. A diestra y siniestra, con filo, contrafilo y punta, blandió su incorruptible y dura virtud. Fue seguramente odioso y posiblemente genial. Fue discurseador a más no poder; hoy somos tasadores tacaños de los que alzan mucho la voz.”
(p.39)

Repetimos, una lástima que Borges no haya querido volver a publicar estas páginas. De todas maneras ediciones se consiguen.


Gramática, sintaxis y el idioma de los argentinos:

“El sujeto es casi gramatical (…) lo más humano (esto es, lo menos mineral, vegetal y aun angelical) es precisamente la gramática…” (p.9)

“El idioma de los argentinos es mi sujeto. Esa locución 'idioma argentino' será, en juicio de muchos, una mera travesura sintáctica, una forzada aproximación de dos voces, sin correspondencia objetiva. Algo como decir 'poesía pura' o 'movimiento continuo' o 'los historiadores más antiguos del porvenir'. Un embeleco de que ninguna realidad es sostén. A esa posible observación contestaré luego; bástame señalar que muchos conceptos fueron en su principio meras casualidades verbales y que después el tiempo las confirmó. Sospecho que la palabra 'infinito' fue alguna vez una insípida equivalencia de 'inacabado'; ahora es una de las perfecciones de Dios en la teología y un discutidero en la metafísica y un énfasis popularizado en las letras y una finísima concepción renovada en las matemáticas”. (p.163)

“Al gran lector, al hombre con vocación de lector, al poseído por la ajena realidad escrita de un libro, la técnica le resulta tan invisible como las letras individuales que recorre, sin fijarse en sus firuletes y en el abuso o escasez de la tinta. Mala señal es que interese mucho una técnica: si alguien se fija demasiado en nuestra voz, en nuestra manera de articular, en nuestra elocución, no ha de interesarle lo que decimos. (…) Emparejar el sentimiento o pensamiento con la dicción, igualar el contenido y la forma, es una virtud que nadie ejerce. ¿Cómo ejercerla, además? ¿Acaso hay una prefijada y siempre cumplidora relación de igualdad entre los fenómenos de la conciencia y las leyes sintácticas del lenguaje?”
(p.158)


La imagen y el lenguaje de los medios y la diferencia con la literatura, genialmente esbozada por el Borges de 1928:

“El deber de toda imagen es precisión. Este aparente axioma o facilísima verdad ni siquiera lo es, ya que las precisiones de la aritmética o de la geografía suelen ser imprecisas a más no poder en el ejercicio del arte. Escribir del héroe de una novela Salió de un punto de partida y caminó cuatro mil doscientos veinticuatros metros hacia el noroeste, es guardar una reserva casi absoluta. Escribir Salió de General Urquiza y Barcala y caminó hasta Camargo y Humboldt, es arriesgarse a dejar en blanco esa línea para muchos lectores. Escribir Caminó sin parar hasta que ralearon las casas, o Caminó hasta que hubo más cielo, promete más posibilidades de expresión. Esa manera no es la historia ni la periodística, ya lo sé. Y es que el noticioso, a diferencia de los poetas, no precisa hacer arte: es noticiador de hechos públicos, para los convencidos de antemano de su verdad. Anota, por ejemplo: El valiente robo de ayer se efectuó en la calle Tal, número tal, a las tales horas del día, receta no representable por nadie y que se limita a señalarnos el sitio Tal, en que nos darán más informes. Daniel Defoe parece haber sido, en literatura, el iniciador de esos pormenores de horario, de esas vanidades de cartógrafo o de sereno: equivocación copiadísima”.
(p. 89)


El arrabal (el lunfardo) y la imposibilidad de que desarrolle un lenguaje propio en los escritores de ese momento…

…Y preguntamos nosotros: ¿y en los actuales? Borges no conocía las villas miseria, al menos las de ahora, ni tampoco un fenómeno como la cumbia. No podemos inventar su opinión pero sí imaginarla, en las líneas así trasladadas sin su sobrevivencia, hoy su opinión nos parece aún más extremada:

“…no hay quien no sienta que nuestra palabra 'arrabal' es de carácter más económico que geográfico. Arrabal es todo conventillo del centro (…) Y los compadritos amargos en un portón y ese desvalido almacén y la blanqueada hilera de casas bajas, en calmosa esperanza ignoro si de la revolución social o de un organito. Arrabal son esos huecos vacíos en que suelen desordenarse Buenos Aires por el Oeste (…). Arrabal es el rencor obrero en Parque Patricios y el razonamiento de ese rencor en diarios impúdicos. Arrabal es el bien plantado corralón, duro para morir, que persiste por Entre Ríos o por Las Heras y la casita que no se anima a la calle, y que detrás de un portón de madera nos resplandece, orillada de un corredor y un patio con plantas.

Arrabal es el arrinconado bajo de Nuñez con las habitaciones de cinc, y con los puentecitos de tabla sobre el agua deleznada de los zanjones, y con el carro de las varas al aire en el callejón. Arrabal es demasiado contraste para que su voz no cambie nunca.

No hay dialecto general de nuestras clases pobres: el arrabalero no lo es. (…) Esa indigencia es natural, ya que el arrabalero no es sino una decantación o divulgación del lunfardo, que es jeringoza ocultadiza de los ladrones.

El lunfardo es un vocabulario gremial como tantos otros; es la tecnología de la 'furca' y de la 'ganzúa'. Imaginar que esa lengua técnica –lengua especializada en la infamia y sin palabras de intención general- puede arrinconar al castellano, es como trasoñar que el dialecto de las matemáticas o de la cerrajería puede ascender a un único idioma.”
(P.167)

“Pienso en Esteban Echeverría, en Domingo Faustino Sarmiento, en Vicente Fidel López, en Lucio V. Mansilla, en Eduardo Wilde. Dijeron bien en argentino: cosa en desuso. No precisaron disfrazarse de otros ni dragonear de recién venidos, para escribir. Hoy, esa naturalidad se gastó. Dos deliberaciones opuestas, la seudo plebeya y la seudo hispánica, dirigen las escrituras de ahora. El que no se aguaranga para escribir y se hace el peón de estancia o el matrero o el valentón, trata de españolarse o asume un español gaseoso, sin posibilidad de patria alguna.” (p.177)

¿Ustedes esperaban un Borges criollo? Sí, por supuesto; pero ya es Borges, y eso lo hace del todo atrayente. No sólo dirige dardos a los intentan escribir en argentino sin lograrlo, sino asimismo a los que prueban implantar el español “autoritario” de la Academia. De esta suerte que tampoco se salve el entonces Decano en Filosofía y Letras, Ricardo Rojas, al contratar lingüistas españoles.

“Dos conductas de idiomas veo en los escritores de aquí: una, la de los saineteros, que escriben un lenguaje que ninguno habla, y que si a veces gusta, es precisamente por su aire exagerativo y caricatural, por lo forastero que suena; otro, la de los cultos, que mueren de la muerte prestada del español. Ambos divergen del idioma corriente: los unos remedan la dicción de la fechoría, los otros, la del memorioso y problemático español de los diccionarios”. (p.176)

Y pongamos mejor un final un poco conciliador, que podría tranquilamente estar en El hombre que está solo y espera de Scalabrini:

“Equidistantes de sus copias, el no escrito idioma argentino, sigue 'diciéndonos', el de nuestra pasión, el de nuestra casa, el de la confianza, el de la conversada amistad.” (p.177)


Bibliografía en la Biblioteca y enlaces:

En la Biblioteca Sarmiento se pueden consultar varias ediciones de sus Obras Completas, por Emecé. Y a continuación damos una lista de biografías y otras curiosidades que encontramos:

-Come en casa Borges, diario íntimo de Adolfo Bioy Casares sobre su amigo (Ed. Destino, 2006, 1664 páginas).
-Seis problemas para Isidro Parodi, H. Bustos Domecq, por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, (Ed. Sur, 1964).
-Libro del cielo y del infierno, recopilación Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges (Ed. Emecé, 1999).
-Antología de literatura fantástica, selección de Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y Jorge Luis Borges (Ed. Sudamericana, 2007).
-Correspondencia Macedonio-Borges (Ed. Corregidor, 2000).
-Edición de los poemas de Borges que musicalizó Pedro Aznar en 1999, Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Presidente Fernando de la Rúa.
-Borges, el memorioso, conversaciones con Antonio Carrizo (Ed. Tierra firme).
-La vida de Jorge Luis Borges, el hombre en el espejo del libro, James Woodall.
-El señor Borges, Epifanía U. de Robledo y Alejandro Vaccaro, (Ed. Edhasa).
-Borges, sus días y su tiempo, María Esther Vázquez, (Ed. Javier Vergara).
-Borges, una biografía, Horacio Salas (Ed. Planeta).
-El Aleph de J. L. Borges: lectura teórica y propuestas metodológicas para el docente a cargo de Diana Paris, (Ed. Emecé, 2001).


Primeras ediciones de Borges en la Biblioteca Sarmiento:
Borges, los libros y las bibliotecas:

Artículo de interpretación sobre “El idioma de los argentinos” y relacionados, en la web. Por Angela Di Tullio e Ivonne Bordelois. Allí se dice: “Interpretado de este modo, el programa de Borges es a la vez nacionalista, unitario y burgués y, como puede preverse, es también un programa ganador; tan es así que en realidad, éste programa nos ha regido hasta nuestros días”: http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v06/bordelois.html


Poema.

Hilario Ascasubi
(1807-1875)

Alguna vez hubo una dicha. El hombre
Aceptaba el amor y la batalla
Con igual regocijo. La canalla
Sentimental no había usurpado el nombre
Del pueblo. En esa aurora, hoy ultrajada,
Vivió Ascasubi y se batió, cantando
Entre los gauchos de la patria cuando
Los llamó una divisa a la patriada.
Fue muchos hombres. Fue el cantor y el coro;
Por el río del tiempo fue Proteo.
Fue soldado en la azul Montevideo
Y en California, buscador de oro.
Fue suya la alegría de una espada
En la mañana. Hoy somos noche y nada.

1975

J.L. Borges, La moneda de hierro, 1976

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